Wednesday 26 August 2009 10:32
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¡Eh! Obama. ¿Cómo van las cosas?
Tanto el plan de reforma del sistema de salud como la presidencia del presidente Obama se van por el desagüe.
¡Eh! Obama. ¿Cómo van las cosas?
David Michael Green
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Está bien, y es justo, y es exactamente como debería ser.
Resulta que Obama es un presidente desastroso, totalmente inadecuado para los tiempos y para los desafíos nacionales y globales de EE.UU., y sus tasas de aprobación lo reflejan.

Con Obama, viene toda la adulación corporativa del último presidente demócrata, junto con una renuencia aún mayor que Clinton - ¿quién lo hubiera creído posible? – a citar nombres, mencionar enemigos, y lanzar una maldita trompada de vez en cuando. (También vemos una continuación de las políticas de derechos civiles y de libertades civiles de Dick Cheney, como un extra, pero esa es otra historia.) Lo que lo hace aún más sorprendente esta vez, sin embargo, es que hemos visto esta película antes, y sabemos cómo termina. Aparentemente no puede caer más bajo – como lo han reconfirmado los eventos de las últimas semanas – en el pozo de crueles mentiras, tácticas brutales, y trucos demoledores de la democracia que serán utilizadas por los retrógrados en su práctica de la política estadounidense contemporánea. Además de no estar preparado para ello, Barack Obama es aparentemente incapaz de elevar su voz un decibel o dos contra la gente misma que le ayuda a destruir su propia presidencia. Por cierto, está negociando acuerdos “bipartidarios” con ellos (léase: una capitulación total), incluso mientras lo ponen por los suelos ante una audiencia nacional.

¿Está tan embaucado este presidente que llega a creer que hay límites en lo que la derecha hará no sólo a la república, por lo que Obama parece tener sólo una consideración pasajera, sino también a su presidencia, por lo cual por lo menos debiera preocuparse un poco? ¿Piensa Kumbaya Kid que los retrógrados no tratarán de aniquilarlo exactamente como lo hicieron con Bill Clinton, incluso mientras se obsesionan ahora mismo con atolondradas historias conspirativas que cuestionan incluso su derecho legal a ser presidente, su propia ciudadanía? ¿Cree todavía realmente en el bipartidismo, este individuo que parece querer, más que cualquier otra cosa, que todos estén contentos y canten en el mismo tono, en el mismo momento en el que la misma gente con la que está negociando refuerza las mentiras más absurdas e incendiarias en las que alegan intenciones ancianicidas de su reforma del sistema de salud?

Lo siento. ¿Dije “su reforma del sistema de salud”? El problema número uno es que no existe nada semejante. Como en todas las cosas de importancia en las que ha estado involucrado este gobierno, parece estar bastante satisfecho con ceder ante el Congreso y permitir que su proceso de amaño genere precisamente la abominación política que se podría esperar, con todas las obligaciones políticas que hemos llegado a conocer y adorar de parte de una semejante colección deprimente de 535 (menos dos o tres) enanos morales.

Perdón. ¿Dije “ceder ante el Congreso”? Parece que de nuevo metí la pata. Lo que quiero decir en realidad – y es el problema número dos – es ceder ante un grupo selecto de miembros del Congreso. En particular, demócratas conservadores y republicanos supuestamente moderados (ya sabéis, como inmensas camionetas todo terreno con bajo consumo de gasolina). Ahora mismo, por ejemplo, probablemente los dos protagonistas más importantes en EE.UU. en el tema de la atención sanitaria sean Max Baucus y Chuck Grassley. Ambos han recibido masivas donaciones para su campaña de las industrias que tienen más que perder en esta legislación. Indudablemente, sin embargo, es pura coincidencia. Lo que están haciendo ahora mismo, y lo que Obama les permite que hagan, no es nada menos que castrar todos los aspectos serios de la reforma del sistema de salud. Finalmente, al tener éxito en lo que hacen, y al ser la cola que menea a todo el perro en este país de 300 millones de personas, Grassley ni siquiera votará por la ley, ni ningún republicano. Como en el caso de la ley de estímulo, Obama sigue permitiendo que la legislación sea asesinada mediante mil recortes. Todo en nombre de algún dios del bipartidismo que ahora adora, incluso a pesar de que ninguno de los cuchilleros estará presentes cerca del cadáver maloliente que han creado cuando termine por ser tirado a la suerte en la votación del Congreso. Me parece bastante chiflado, pero supongo que si uno se pone a pensar en el tema, la definición de Obama de participación bipartidaria en el proceso en el proceso legislativo tiene realmente sentido, después de todo: los republicanos asesinan la ley, luego los demócratas votan por ella. Cada cual tiene su papel. Todos contribuyen.

Por lo que se puede ver hasta ahora, la legislación logrará muy poco en términos de verdadera reforma, disminuirá los programas de atención sanitaria existentes, a pesar de ello exacerbará la explosión de la deuda nacional, y ni siquiera comenzará a tener efecto hasta 2013. Vaya, para lo que les va a servir a los estadounidenses, ¿por qué no hacer bien el trabajo y enviar todas las prestaciones a la gente que vive en Kuala Lumpur?

¿Será universal la atención sanitaria en EE.UU., poniendo a este país al nivel de lo que todas las demás democracias industrializadas han practicado durante la mayor parte de un siglo? No. ¿Aumentaremos masivamente la cantidad de atención sanitaria real que proveemos, mientras eliminamos la increíble inflación en costes de nuestro depredado sistema basado en intereses especiales, adoptando la elección perfectamente obvia del modelo de un solo pagador? No hay probabilidad alguna. ¿Se creará incluso una verdadera opción pública, que mostraría instantáneamente la increíble especulación y derroche en la industria de los seguros, mientras al mismo tiempo desmentiría la interminable retórica sobre la eficiencia del sector privado y la chapucería del gobierno? No, no la habrá (pero el presidente Obama quiere que sepas que aprecia la pregunta). El Gobierno de la Capitulación señalizó esta semana que también renuncia a eso. Por supuesto, debido a la oposición republicana. ¿Te acuerdas de esos sujetos, verdad? Son los que tienen minorías tan pequeñas en el Congreso que ni siquiera pueden reunir un cuarenta por ciento de los votos del Senado para bloquear la consideración de legislación mediante tácticas obstructivas.

Es la gente ante la cual claudica Obama. Son los que mandan. Parece que nosotros, los de a pie, estamos recibiendo una nueva educación sobre cómo funciona realmente la política de EE.UU. Evidentemente, existe un nuevo algoritmo que no conocía. Es el siguiente: Cuando los republicanos controlan el Congreso y la Casa Blanca, ellos son los que gobiernan. Cuando los demócratas controlan el Congreso y la Casa Blanca… los republicanos siguen gobernando. Bueno. Por lo menos sabemos cómo funciona la cosa. Y tampoco es necesariamente una mala noticia. ¡Ya no tiene sentido seguirse complicando la vida con esas confusas elecciones!

Mientras tanto, ya no es necesario compenetrarse del texto de los miles de páginas de jerigonza legal contenido en las cinco propuestas separadas de reforma del sistema de salud que ahora pasan por el Congreso a fin de descubrir si contienen buenas noticias o no. Puedes saber mucho sobre alguien o algo sólo por la compañía en la que está. Baste decir que las industrias de los seguros y de la industria farmacéutica están gastando ahora cientos de millones de dólares en anuncios en la televisión a favor de la “reforma” del sistema de salud. Me cuesta pensar en una prueba de fuego más fácil o más pura para determinar si es una legislación buena o no. Si esos sujetos están a favor, especialmente si gastan millones para que sea aprobada, es seguro que yo estaré en contra. Y si esas industrias están a favor, es seguro que con el asunto se enriquecerán y que nosotros no obtengamos nada. Excepto tal vez más pobreza. Y más enfermedad.

Los anuncios farmacéuticos son especialmente irritantes, ya que prueban que realmente nada es suficientemente inmoral como para ser excluido del discurso de la política estadounidense. Esos spots publicitarios muestran a dos actores que representaron a Harry y Louise – las mismísimas marionetas que volvieron en 1993 y recibieron un cheque a cambio de asegurar que a decenas de millones de estadounidenses se les negara la atención sanitaria desde entonces. Ahora vuelven, propugnando esta vez la legislación en lugar de oponerse a ella, y diciéndonos con mojigatería: “Ya es hora” de que “finalmente tengamos una reforma del sistema de salud.” Cuando “Sally” – asesina de la atención sanitaria estadounidense por unas monedas – entona correctamente que: “con un poco más de cooperación, un poco menos de política y esta vez podemos terminar la tarea,” quisiera meterme en el televisor y arrancarle la cabeza. Ciertamente no la está utilizando. Trataría de hacerlo con su corazón, pero ya se lo extirparon hace tiempo. ¿Hay algún motivo para que a esa gente no la hayan sacado y la hayan pegado un tiro? Y a falta de eso, ¿tienen algún tipo de nuevas almohadas especiales, de alta tecnología, que permitan que gente semejante duerma de noche a pesar de que una conciencia de 40.000 toneladas pesa sobre sus cráneos?

¿Por qué demonios iban a publicar anuncios a favor de la reforma del sistema de salud las industrias aseguradoras y farmacéuticas? Estoy pensando en voz alta, pero me pregunto si tiene algo que ver con los acuerdos que un cierto Barack Obama hizo con ellas entre bastidores, prometiendo limitar a montos patéticamente mínimos cualesquiera futuras inhibiciones de los festines a los que se habían acostumbrado. En acuerdos que el New York Times ha caracterizado delicadamente como “potencialmente en conflicto con la retórica del presidente,” Obama se ha comprado el apoyo de esas industrias por una miseria. Por lo menos, por una miseria de su capital. Los verdaderos costes seguirán cayendo sobre decenas de millones de estadounidenses sin ninguna o pésima atención sanitaria, incluidos las decenas de miles que mueren cada año por ese simple hecho. A cambio de su apoyo político, nuestro presidente “socialista” prometió en secreto a las industrias farmacéuticas y aseguradoras que sus costes bajo cualquiera nueva legislación se limitarían a 80.000 y 155.000 millones de dólares respectivamente, durante diez años. En breve – pequeñeces.

Tal vez me perdonen por comenzar a sentir que lo que Obama realmente quiere de la reforma del sistema de salud es simplemente que pueda decir que la hizo. No importa que prácticamente no haya reforma en esta legislación de reforma del sistema de salud. No importa que ni siquiera tenga su propia propuesta, sino que esté cediendo ante los peores elementos de un cuerpo legislador que es una subsidiaria en propiedad absoluta de los intereses corporativos estadounidenses. No importa que cualquier pequeño efecto que dicha legislación vaya a tener ni siquiera comience a ser visto durante otros cuatro años, y entonces será introducido paulatinamente durante otro período de varios años. Y no importa que, incluso después que la ley entre en vigor, este país siga sufriendo de todas las principales enfermedades de un sistema diseñado principalmente para suministrar beneficios para unos pocos, en lugar de atención sanitaria para todos.

Lo que me sigue asombrando, sin embargo, es lo que pasa por ser cálculo político en la Casa Blanca estos días. Nunca supuse que Obama sería necesariamente muy diferente de Bill Clinton, en el sentido de que realmente tuviera un conjunto de buenas políticas progresistas o de que realmente le importara un comino el público estadounidense. No hubo desilusiones al respecto (aunque ¿por qué tuvo que ser aún peor, más parecido a Bush que a Clinton?). Sin embargo, siempre supongo que a casi todos los políticos los consume por completo lo que verdaderamente apasionaba a Clinton: el interés propio.

Pero, incluso sólo desde la más estrecha de las perspectivas, ¿cree realmente el equipo de Obama que su estrategia ayude políticamente al sujeto? ¿Les gusta realmente que su incapacidad de articular un plan, o incluso un conjunto de principios fundamentales, hayan llevado a conformar el debate sobre la reforma de la salud? ¿Creen realmente que podrán ir ante los votantes en 2012 y conquistar sus corazones con un plan de salud que no vale nada, aprobado tres años antes, y que deberá entrar en funciones a full tres años después? Odio más que nada si sueno como uno de los retrógrados a quienes tanto desprecio, pero si éste es el nivel de sofisticación política en el que se encuentra en la Casa Blanca de Obama, entonces, de hecho, no quiero realmente que este payaso negocie con Vladimir Putin.

Barack Obama nos ha dado el peor de todos los mundos. La aprobación de una ley de reforma del sistema de salud – incluso algo que remotamente merezca el nombre – parece ser ahora una proposición dudosa. Si es aprobada, no valdrá ni el papel en el que está escrita. Mientras tanto, todas las tácticas más desagradables y engañosas han salido a la superficie en el sumidero del discurso político estadounidense, opuestas débilmente en el mejor de los casos por una Casa Blanca que haría que Bob Esponja parezca por comparación el hijo natural de Genghis Khan y José Stalin, y que tiene tan poco peso que no fue capaz de anticipar e inocular contra esos ataques que cualquier idiota que no haya estado totalmente comatoso durante las últimas décadas pudo haber previsto que sobrevendrían. Lo peor de todo, cuando finalmente se despeje el humo, esta debacle conllevará un masivo desprestigio del así llamado liberalismo, y una severa puesta en peligro del Partido Demócrata (no es que tenga mucha importancia) en los dos próximos ciclos electorales. Pensemos un segundo en eso. ¿Cuán absolutamente, terriblemente, magnificentemente inepto hay que ser para haber reanimado las esperanzas de un Partido Republicano, a sólo 200 días desde la partida del poder de George W. Bush y Dick Cheney? No basta un idiota para hacer algo semejante, os lo digo. Una tal tarea requiere un tarado de calidad mundial.

Lo que Obama debería haber hecho es simple, y es tanto más sorprendente que no lo haya hecho. Primero, debería haber formulado un plan serio (tal vez en falsas negociaciones con ciertos dirigentes clave del Congreso, para hacer que se sintieran poderosos e incluidos, tal vez no), y haberse adherido a él. Por lo menos, debería haber articulado tres o cuatro principios esenciales no negociables que exigiría de cualquier legislación de reforma del sistema de salud. Deberían haber girado alrededor de ideas simples de comprender y claramente beneficiosas para los estadounidenses que no pertenezcan a la elite. Debería haber propagado ese plan en grandes eventos, como ser discursos televisados a ambas cámaras del Congreso – en lugar de esas patéticas conferencias de prensa que hace todo el tiempo, donde la prensa puede formular cualquier pregunta, y donde un improvisado Profesor Wonk divaga dando respuestas de diez minutos, totalmente llenas de pausas y cláusulas, que garantizan una audiencia anestesiada o que distraen su atención por completo, a otro tema del todo diferente.

Debería haber nombrado enemigos, desde el comienzo. Debería haber advertido a los estadounidenses ante lo que esa gente haría en las semanas y meses siguientes. Y debería haberlos denunciado, airadamente y por su nombre cuando lo hicieron realmente. Cuando comenzaron a mentir y a atemorizar a los ciudadanos mayores a fin de proteger contra la reforma sus estafas legalizadas, debería haberlos golpeado tan duro que hubieran caído sobre sus gordos traseros corporativos, para no volver a levantarse. Debería haberlos llamados codiciosos, egoístas, traidores dispuestos a mentir y robar para enriquecer aún más sus infladas personas, mientras decenas de miles de estadounidenses mueren cada año por falta de atención sanitaria.

Sobre todo, lo que Obama debería haber hecho es mostrar algo de pasión. Tiene que dejar de lado el espectáculo del abúlico profesor conciliador. Una noticia (evidentemente) para la Casa Blanca de Obama: Si el presidente tiene el menor deseo de vender sus políticas, tiene que vender sus políticas. Si quiere dirigir, tiene que dirigir. Y si quiere nuestro apoyo, tiene que decirnos por qué es importante. Con fuerza. Míster Popular no lo entiende – lejos de eso.

Finalmente, Obama debería haber hecho tragar su plan a la fuerza al Congreso, donde – aunque no se diría que sea así – su partido tiene mayorías masivas y a prueba de obstaculización. No sé lo que piensan los demás, pero no creo que el modelo de presidencia del Siglo XIX sea particularmente apropiado para el Siglo XXI. Tenemos Seguridad Social y el resto de los programas del Nuevo Trato porque Franklin Roosevelt hizo mucha presión en el Congreso. Tenemos Medicare y Medicaid y derechos civiles porque Lyndon Johnson casi les arranca los brazos, forzando sus leyes por un Congreso renuente mediante zanahorias grandes, garrotes aún mayores, y una estrategia incisiva.

¿Qué logró Millard Fillmore? ¿James Buchanan? Si no lo recuerdas, no te preocupes – no significa que seas un estudiante deficiente de historia estadounidense. Sólo significa que no lograron nada que valga la pena recordar. ¿Por qué será que, en nuestros días, Ronald Reagan y George W. Bush consiguieron todo lo que querían del Congreso, mientras Bill Clinton y Barack Obama – incluso cuando se rindieron totalmente ante Wall Street, e incluso si tienen masivas mayorías en el Congreso – terminan como si fueran la principal fuente de entretención de los sujetos en Cell Block D? Ni Franklin Roosevelt ni Harry Truman ni Lyndon Johnson volverían a reconocer al Partido Demócrata. A menos que inadvertidamente lo confundieran con un chinche aplastado en el vestíbulo de la sede del Partido Republicano.

Después de haber vivido los años increíblemente inánimes de la era Clinton, no me sorprende tener otro presidente demócrata cuyos verdaderos electores se encuentran en las salas de consejo corporativas. Sin embargo, me horroriza tener a otro que al parecer no aprendió nada de la experiencia de los años de Clinton, quien parece ser aún más conciliador que el necio “Por favor señor, ¿puedo tomar uno más?” que fue el propio Clinton, y quien aparentemente carece de todo instinto real aunque fuera para la propia preservación política.

De modo que tengo que preguntar: ¡Eh! Obama. ¿Cómo van las cosas? En ocho meses has desperdiciado una oportunidad masiva e histórica. Has resucitado un partido político criminalmente malo que, con un pequeño empujón en la dirección apropiada, podría estar enterrado para siempre. Has permitido que casi cualquiera diga casi cualquier cosa sobre tu persona y tus políticas, sin consecuencias. La gente anda por ahí diciendo que vas a matar a abuelas, y millones les creen. Te están poniendo en la picota por fracasos falsos del sistema de atención sanitaria británica, y tu propuesta desabrida, tibia, descompuesta – si es que llegas a tenerla – no tiene siquiera el menor parecido con el NHS [sistema de salud británico].

No has producido nada de importancia en tus Cien Días, ni siquiera en doscientos. Los historiadores no te mencionarán en el mismo suspiro que a Franklin Roosevelt, sino más bien junto al maravilloso señor Fillmore. Has respondido a crisis épicas con medias tintas que han producido resultados de un cuarto. En el breve período de tu presidencia, tus tasas de aprobación han caído de bien arriba de sesenta a poco más de cincuenta. Aparte de que esas cifras comienzan a parecerse al tipo con un bastón que sube a tu escena, representan el doble de la caída que un idiota llamado George W. Bush sufrió en los primeros ocho meses en su puesto. Tal vez porque hizo mucho más en esos días. Mucho más (por horrible que haya sido), en los hechos, de lo que probablemente hagas en cuatro año, si sigues al mismo ritmo. Mucho más, incluso con un Congreso dividido. ¿Qué te parece, Hermano Barack? Te persigue el peor presidente de toda la historia de EE.UU.

De modo que, ¿cómo van las cosas?

¿Mis cosas? No muy bien. Esperaba otra cosa. ¿Sabes lo que quiero decir?

Te diré, sin embargo, que pareces un joven muy, muy simpático. Sí, sí – muy simpático, por cierto. Seguro.

Tanto que, te lo prometo, Si alguna vez quiero a alguien como presidente que sea tan simpático que permita que malignos salvajes políticos lo desgarren mientras al mismo tiempo arruinan al país…Prometo que tendrás mi voto.
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